Tomar decisiones

Tomar decisiones

Es frecuente que uno de los síntomas mas llamativos de los bloqueos vitales sea la dificultad para tomar decisiones. En realidad, tomamos decisiones continuamente: si nos levantamos o no, como nos vestimos, lo que comemos, los sitios en los que nos paramos de camino a algún lugar…

Lo que sucede es que no somos conscientes de que lo hacemos hasta que sentimos esa sensación de vacío, de no saber a dónde ir y de no saber lo que queremos. Entonces, sobreviene esa percepción de incapacidad para la toma de decisiones, esa sensación que describimos como de bloqueo o de parálisis. Aun así, seguimos decidiendo si comentárselo a alguien o no, si dejarnos llevar o intentar poner remedio a la situación.

Cuando tomamos decisiones nos vemos obligados a elegir, al menos, entre dos alternativas. A veces, más. Elegir supone renunciar a una de esas alternativas en favor de la otra, supone ser conscientes de que no podemos tenerlo todo y de que con la elección dejamos atrás, tal vez de manera irrevocable, uno de los cursos de acción.

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Pensar, sentir y actuar.

Pensar, sentir y actuar.

Pensar, sentir y actuar. Simplificando, podríamos decir que es en estos tres procesos en los que empleamos nuestra vida. No hace falta mucha explicación para que cualquier persona pueda estar de acuerdo en ello. El problema es que, a menudo, confundimos una cosa con otra y cuando tratamos de hacer algún ajuste sobre uno de esos procesos esa confusión nos lleva a hacerlo sobre otro.

Por ejemplo, cuando le preguntamos a una persona cuál es su opinión (pensar) sobre algo o alguien es fácil que responda que le gusta o le disgusta (sentir) o que cada vez que lo tiene delante abrevia o alarga el contacto con el objeto o con la persona en cuestión (actuar). Es cuando le adviertes que tu pregunta se refiere a lo que piensa, no a lo que siente o a lo que hace, cuando la persona hace el intento de expresar cuál es esa opinión que le pedimos, al margen (dentro de lo posible) de emociones o comportamientos.

Esta distinción es muy importante a la hora de llevar a cabo cualquier intervención con personas, ya sea en el ámbito laboral, en el terapéutico o en cualquier otro. También es importante en el conocimiento de nosotros mismos, porque cuando queremos hacer cambios en nuestras vidas es importante que sepamos dónde se requieren esos cambios.

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Razonamiento o excusa

Razonamiento o excusa

Cuántas veces nos encontramos al cabo del día dando explicaciones y elaborando razonamientos complejos sobre lo que teníamos que hacer y no hicimos, lo que debimos decir y no dijimos o lo que se esperaba de nosotros y no llegó a concretarse. Las justificaciones y razonamientos son habituales en nuestro discurso, tanto que ni siquiera nos damos cuenta de que lo hacemos hasta que escuchamos aquello de “no me pongas excusas”.

Una excusa es, por definición, un motivo o pretexto que se invoca para eludir una obligación o disculpar una omisión (RAE). Cuando no cumplimos los compromisos o aplazamos una acción, habitualmente, generamos cierto nivel de ansiedad, nuestro pensamiento nos lleva repetidamente al recuerdo de lo pendiente y nos vemos impelidos a eliminar la tensión y el malestar que esta situación nos genera ¿Qué hacemos, entonces? Buscar alguna justificación que nos permita recuperar el equilibrio psíquico perdido.

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Pensar mucho ¿lo mismo que pensar bien?

Pensar mucho ¿lo mismo que pensar bien?

Foto: Geralt. Pixabay

¿Pensar mucho es lo mismo que pensar bien?

La forma en la que pensamos sobre las cosas nos facilita una mejor definición de los problemas y una mejor búsqueda de alternativas. Se trata de cambiar el “pensar mucho” por el “pensar bien”, siendo bien la forma que nos permite conseguir nuestros objetivos, o lo que es lo mismo, la que nos permite ir desde dónde estamos hasta dónde queremos estar.

Habitualmente, tendemos a pensar de dos maneras: en círculo, lo que se manifiesta en expresiones como “yo le doy muchas vueltas a las cosas” o “no hago más que darle vueltas” o en túnel, queriendo ver un punto en la lejanía viendo negro todo lo demás: “no tengo otra opción” o “es que no soy capaz de ver otra salida”. Lo cierto es que tanto una forma de pensar como la otra son tremendamente limitadoras. La primera porque a lo que damos vueltas una y otra vez es al problema, no a las posibles soluciones, y la segunda porque ese efecto túnel nos impide ver cualquier otra posibilidad obcecados en no mirar en otras direcciones.

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¿Por qué nos quejamos en vez de actuar?

¿Por qué nos quejamos en vez de actuar?

A menudo, tenemos la sensación, y así lo expresamos, de que la vida de los demás es mucho más interesante que la nuestra. Parece que los otros salen más, viajan más o que su vida diaria está repleta de acontecimientos que nosotros nunca llegaremos a vivir. Lo cierto que es que para la mayoría de las personas el día a día consiste en repetir lo realizado el día anterior,  en un cúmulo de rutinas que configuran eso que llamamos la vida, que se ve sacudida de vez en cuando por un acontecimiento extraordinario, bueno o malo según la perspectiva de quien lo vive.

Lo cotidiano, por definición, es aquello que ocurre con frecuencia, lo habitual. La mayoría de nosotros nos levantamos más o menos a la misma hora porque las obligaciones nuestras o de los más cercanos nos lo imponen, realizamos casi las mismas acciones antes de salir de casa y una vez en la calle, salvo excepciones,  nos dirigimos al mismo sitio: el trabajo, el cole de los niños o volvemos al lugar de dónde hemos salido porque nuestra actividad está en casa.

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Los recuerdos.

Los recuerdos.

Foto: Enrique Sánchez Sostre

Fotografías que capturan un instante irrepetible, objetos que evocan vivencias del pasado, relatos de otros tiempos, diarios y memorias que pretenden atrapar nuestras experiencias cuyo olvido sería perder una parte de nosotros. A veces, no importa lo que hayamos sufrido, nos resistimos a dejar marchar nuestros recuerdos, los protegemos como a nuestra propia identidad, los guardamos ávidamente, como tesoros de nuestra mente.

Nuestra memoria modela nuestra identidad personal, y la forma en la que nos relacionamos con el mundo y con los demás, viene determinada por nuestra experiencia personal, por lo que aprendemos y recordamos de ella.

El recuerdo, es la capacidad del ser humano para contemplar el pasado. Los recuerdos que provocaron alguna emoción influyen en la personalidad, a diferencia de los que no han movilizado ninguna, perdurando nítidamente en nuestra memoria durante mucho más tiempo. Por eso son las emociones las que estructuran nuestra memoria, seleccionando recuerdos y dándoles forma.

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