Foto: Carmen Ariza

Si a cualquiera de nosotros le preguntan qué es lo que nos mueve a actuar, por lo general, tenderíamos a responder que son las cosas que pasan a nuestro alrededor las que condicionan nuestro comportamiento. Si nos paramos a pensar un poco, tal vez, la respuesta no sería la misma. Si yo estoy escribiendo esto a las 15.00 horas en mi despacho, es porque estoy esperando la llegada de un paquete con cartuchos para la impresora con los que espero poder imprimir unos documentos que, espero, sean satisfactorios para la persona a la que debo entregarlos. Esto, es el artículo que espero publicar el próximo lunes en este blog.

Si nos fijamos en esta pequeña secuencia de hechos nos daremos cuenta de que un elevado porcentaje de mi conducta actual se basa en expectativas, en lo que espero que pase más que en lo que está pasando. Espero que esta noche no haga tanto calor como la de ayer para poder dormir mejor y espero que la clase que tengo que dar mañana sea llevadera a pesar de los 30º. Si nos salimos de la pura cotidianeidad, más de lo mismo. Nos pasamos la vida esperando que las cosas sucedan y actuando en función de esa expectativa.

Decía Piaget, cuando explicaba su teoría del desarrollo intelectual, que sobre los 8 meses, según otros autores antes, se produce un fenómeno que denomina “noción de permanencia del objeto”. Esto, de una manera muy simple, consiste en que el niño menor de esa edad cuando contempla un objeto y éste desaparece de su vista no concibe que ese objeto pueda estar en otra parte, simplemente ha desaparecido y, por tanto, cualquier posibilidad de interactuar con él. Cuando adquiere esa noción de permanencia del objeto, sabe que el objeto no ha desaparecido en términos absolutos, simplemente, está en otra parte y eso quiere decir que puede volver a estar en su poder lo que le hace generar una expectativa sobre ese objeto e, incluso, elaborar planes sobre lo que hará cuando lo tenga.

A partir de ese momento parece que pasamos gran parte de nuestra vida esperando. Nos preparamos para tener un buen futuro, esperamos que las consecuencias de nuestros actos sean favorables y generamos expectativas sobre las cosas, las personas y las situaciones. ¿Qué sucede cuando esas expectativas no se cumplen? A  lo que sentimos cuando eso pasa, o mejor, cuando lo que esperamos no pasa, cuando las expectativas no se cumplen, lo llamamos frustración. Cómo en cualquier fenómeno psíquico, la frustración tiene sus niveles, no es lo mismo que en la tienda no tengan mi talla cuando voy a comprar una prenda que me gusta a que no me renueven un contrato laboral cuando lo daba por hecho. Además del hecho que la causa, también aquí las diferencias individuales influyen en los distintos niveles de frustración. Hay personas que apenas se resienten cuando las cosas no pasan según lo previsto y otras que ante cualquier adversidad se vienen abajo estrepitosamente.

La cuestión es que, muchas veces, la frustración viene del incumplimiento de expectativas poco realistas basadas más en los deseos que en la posibilidad de que sean factibles, otras veces es nuestra fantasía la que nos impulsa a imaginar y esperar cosas que están fuera de nuestro alcance y, en otras ocasiones, son errores de cálculo, apreciaciones erróneas o sesgos emocionales los que nos abocan a la frustración.

Soñar, esperar, ilusionarse, es indispensable para la vida, pero también debemos asumir la frustración como un elemento más de la misma, sin amargarnos inútilmente cuando las cosas o las personas no son cómo nos habíamos imaginado o cuando nuestros deseos chocan con la realidad. También esto forma parte de la vida. Debemos educar a nuestros hijos en la resistencia ante la frustración, a veces para seguir intentándolo aunque a la primera no salga, cuando esto sea posible, o para afrontar de una manera adecuada aquello que no va a  pasar por mucho que lo queramos.

2 Comments

  1. De un tiempo a esta parte he aprendido que pensar “aquí y ahora” es una forma fantástica no sólo de no frustrarse si no de vivir más consciente, más ligero y disfrutar más de la vida.
    Os invito a todos a probar algo simple, cuando notéis que os distraéis, divagáis o notáis cierta ansiedad repetiros un par de veces “aquí y ahora qué está pasando”, “que estoy haciendo” o algo similar y esforzaros por prestar una dedicada atención al momento presente, a lo que os rodea y detened el pensamiento errante.
    Incluso, podéis afinar un poco los sentidos y, escuchar los sonidos que os rodean con mayor atención o fijaros en la gente que pasa o los objetos que os rodean. La mente se aquieta, se calma, se “afina” y se presta al trabajo o a la tarea que toque con mayor prestancia… muy recomendable. Aquí y ahora siempre está pasando algo, el pasado y el futuro son ilusiones.
    Disfrutad!!
    Un saludo.

    1. Gracias por tu aportación, Pablo. Es importante que seamos conscientes de que podemos controlar nuestros pensamientos y aumentar nuestro bienestar si somos capaces de disfrutar de lo que tenemos. Un saludo.

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