La Caja Sináptica. Blogs El Correo Gallego

Fuente foto: plusempresarial.com

Como señalábamos en el post anterior hablando de las emociones, es conveniente que nos ocupemos un poco más de ellas si queremos que los resultados de nuestra relación con los demás se ajusten a nuestras expectativas. Por ejemplo, a la hora de resolver los conflictos que inevitablemente surgen en el día a día.

Los conflictos pueden surgir por muchas razones: por discrepancias en la manera de hacer las cosas, por la importancia que le damos a algunos asuntos por encima de otros, por la competencia entre departamentos o porque en los grupos humanos se generan luchas de poder. Debemos tener en cuenta que un conflicto no puede manejarse sólo en términos racionales olvidándonos de las emociones involucradas en él y que, en muchos casos, han tenido mucho que ver en la generación de dicho conflicto.

En las situaciones de conflicto aflora una amplia gama de emociones, que podríamos considerar negativas, que pueden ir desde un leve malestar provocado por el desacuerdo o el malentendido hasta el deseo de machacar y aniquilar al otro. También hay emociones positivas como las que nos llevan a intentar soluciones favorecedoras para ambas partes o a conciliar posturas para evitar escalamientos innecesarios que pueden perjudicar a todos.

Lo racional y lo emocional forman parte de lo que somos, de lo que percibimos y de lo que hacemos. Dice David Caruso, autor, junto con Peter Salovey, de El gerente emocionalmente inteligente, que “la inteligencia emocional no es lo contrario de la inteligencia, no es el triunfo del corazón sobre la cabeza, es la única intersección entre ambas”.

Ser conscientes de que nuestras emociones influyen en la forma en la que manejamos las situaciones, en cómo nos enfrentamos al conflicto y en cómo lo resolvemos, más allá de que estemos empecinados en el error o cargados de razones, es un paso importante para llegar a resultados beneficiosos para ambas partes. El primer beneficio, sentirnos bien con nosotros mismos.

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