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¿Cuántas veces, a lo largo de nuestra vida, nos sorprendemos cometiendo los mismos errores?, y sin darnos cuenta, nos encontramos actuando automáticamente, de manera contraria a como nos dictaría nuestro supuesto sentido común, repitiendo rígidamente una y otra vez el mismo patrón y tendiéndonos las mismas trampas.

¿Qué extraño habita en nosotros que conoce todo, lo que recordamos y lo que no? Nuestra mente inconsciente lo sabe todo, más allá de lo que podemos rememorar. Allí vive nuestra historia infantil, nuestros principios y creencias ab aeterno, que van construyendo esa parte oculta de cada uno de nosotros que va a predeterminar muchas de nuestras actuaciones. Puede provocar que nos equivoquemos, a veces involuntariamente, o nos olvidemos obedeciendo a un pensamiento reprimido con una intencionalidad inconsciente.

Nuestro inconsciente guarda nuestros miedos y deseos ocultos, incluso aquellos que rechaza nuestra mente consciente, y nos pone esas trampas mentales que nos llevan a que jugando a ganar volvamos a perder, obedeciendo a aquel mandato interior y secreto que nos empuja a hacer una cosa mientras decimos otra.

Muchas batallas se libran en nuestra cabeza, entre nuestros deseos y nuestro particular Pepito el Grillo, aquel al que el genial poeta y cantante Germán Coppini le dedicó una canción, porque el arte también es un vehículo de expresión de la mente inconsciente.

Mientras dormimos, nuestro inconsciente sabe que Pepito Grillo también duerme y su vigilancia es débil, y aparecen los sueños, que revelan nuestros deseos y miedos agazapados, aunque este grillo siempre tiene un ojo entreabierto y deforma sus contenidos para evitarnos angustia y frustración.

Desde los primeros días de nuestra vida, se van grabando cada una de las sensaciones, imágenes y sonidos en nuestra mente, y algunas de nuestras enfermedades son las quejas de nuestro cuerpo a un conflicto psíquico o emocional. En una de sus novelas, Sándor Márai desentraña este misterio, en que uno de sus personajes, un médico, dice que el mal tiene que ver con una mentira, y cuando entra en la habitación del enfermo se pregunta: ¿Cuál es la mentira que hay aquí? Me refiero a como la mentira de una vida ha llegado a traducirse en enfermedad.

Hoy, gracias a los avances neurocientíficos, podemos acceder a muchos de esos miedos y creencias arraigadas en los abismos de nuestra mente y volverlos a nuestro favor. Y me pregunto, si sus profundidades nos descubrirán misterios y certezas más asombrosos que la conquista de la luna y el espacio. Yo lo tengo claro.

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