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Foto: Enrique Sánchez Sostres

Conservo un libro de los años setenta en mi estantería en cuyo lomo se puede leer “Psicología Anormal”, título que hoy resultaría cuando menos sorprendente. Es cierto que algunas personas sufren trastornos mentales de diversa índole y gravedad, pero en realidad no existe un límite claramente definido entre lo que es normal y lo que es anormal.

De hecho, siempre han existido personas que se salen de la norma social con pensamientos y conductas poco corrientes, que pueden diferir en algún aspecto del resto.

El post de hoy se lo dedico a todas aquellas personas que sufren por la incomprensión del estado de su mente y de su alma, y no me refiero solo a las que sufren trastornos mentales graves, sino a cualquiera, quiero decir que a cualquiera -valga la redundancia- nos puede tocar a lo largo de nuestra vida, vivir un trauma, una depresión, un problema de ansiedad…

Este mundo no sería el mismo sin una amplia variedad de personajes con bastante de genios y algo de locos. Podríamos citar a un elenco interminable en la ciencia, la filosofía y las artes, en figuras como Copérnico, Einstein, Mozart, Caravaggio, Van Gogh, los poetas malditos…

Entre los más recientes el fallecido este mayo pasado, el matemático y Premio Nobel John Nash, protagonista de la novela “una mente brillante”, llevada al cine con la película homónima protagonizada por Russel Crowe. Nash, utilizando maravillosamente su teoría de que “todo problema tiene solución”, aplicándola, resolvió su problema mental aprendiendo a vivir con sus alucinaciones ignorándolas.

Muchas personas que sufren algún tipo de problema leve, moderado o grave, además de padecer el sufrimiento que les ha tocado vivir de forma temporal o crónica, han de añadir el causado por la incomprensión y el rechazo. Abundan los prejuicios y los juicios sobre el padecimiento ajeno, y frases desaprensivas, como “está mal de los nervios”, “no está bien de la cabeza”, “está loco”…

A los niños hiperactivos, niños en esencia y en su mayoría con un gran potencial creativo e intelectual, se les etiqueta con frecuencia como malos, maleducados o vagos, sufriendo la incomprensión general y lo que es peor, de algunos de los profesores, destruyendo así su autoestima, cumpliéndose finalmente la profecía.

Por cierto, el eminente psiquiatra Luis Rojas Marcos, quien fue presidente del Sistema de Hospitales Públicos de Nueva York, reconoció públicamente que había sido hiperactivo en su infancia. Un valiente gesto.

A las personas que sufren algún problema mental y emocional, se les atribuye características que les ocasionan descrédito y desvalorización, que ven menoscabados sus derechos y deteriorada su situación. La sociedad se priva de aprovechar sus potencialidades y contribuciones.

Los testimonios hablan de vergüenza y de la vivencia de ser culpabilizado y rechazado por los demás. A diferencia de lo que pasa con otros problemas de salud, las personas con dificultades en el ámbito de la salud mental, no se sienten capaces de hablar de sus problemas.

Todo esto es resultado de la ignorancia que la población tiene acerca de los trastornos mentales, que además es escasa e incorrecta. Los prejuicios provocados por el miedo, la ansiedad y la evitación, tanto de los que padecen problemas como de los que no los padecen, acaban en el auto-estigma. La discriminación arruina la vida de muchas personas con problemas mentales, dificultando el desarrollo de su vida personal y social.

Es necesario actuar para reparar la incomprensión y la exclusión de todas las personas que padecen problemas mentales, poniendo en práctica medidas de apoyo a las que sufren dificultades, tanto físicas como mentales. No olvidemos que el ser humano es cuerpo y mente.

“Soy un ser humano, con todas las emociones y sentimientos que eso conlleva, pero el estigma me impide abrirme a la gente”. María

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