¿Por qué no hacemos sesiones gratuitas?

¿Por qué no hacemos sesiones gratuitas?

En muchas ocasiones, nos encontramos con que personas que llaman a nuestro centro para interesarse por nuestros servicios o para pedir información sobre nuestras tarifas, nos preguntan si realizamos sesiones gratuitas. No, no hacemos sesiones gratuitas “sólo para probar”.

No creo que esas personas cuando van a la consulta del médico o al bufete de un abogado, porque tienen un problema de salud o una cuestión legal que resolver, le propongan al profesional algo así como yo le cuento lo que me pasa, usted me dice qué le parece y si me gusta la respuesta ya decido si vuelvo o no, eso sí, esa primera consulta no se la pago.

Tampoco creo que cuando vayan a adquirir cualquier producto le hagan una propuesta similar al comerciante: pruebo el kilo de filetes que usted me dará gratuitamente y si me gusta, a partir de ahora, le compro a usted. Quien dice un trozo de carne dice una prenda de ropa o una obra de teatro. Si me gusta, ya volveré, pero la primera vez, gratis.

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Formas de manipulación

Formas de manipulación

La manipulación, de una manera muy simple, consiste en influir en alguien para conseguir algo. En definitiva, hablamos de poder, de capacidad para hacer que una persona piense o haga lo que otro quiere. Por lo general, cuando hablamos de manipulación lo hacemos dándole unas connotaciones negativas puesto que, a menudo, esa influencia o ese poder se obtiene presionando, chantajeando o provocando en el otro un sentimiento de culpa. Lo que se consigue suele ser que la persona haga algo que no quiere hacer porque le desagrada y le genera malestar.

Otro tipo de manipulación, menos agresiva, es la que llevamos a cabo, por ejemplo, cuando queremos influir en la percepción que los otros tienen de nosotros. Nos vestimos, nos adornamos o nos comportamos de una manera determinada con el fin de dar una imagen, parecer más atractivos o impresionar a alguien. Aunque no deja de ser una forma de engañar suele considerarse como algo aceptable socialmente, dentro de unos límites, ya que es una manera de hacer que los demás vean de nosotros lo mejor que tenemos.

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Tomar decisiones

Tomar decisiones

Es frecuente que uno de los síntomas mas llamativos de los bloqueos vitales sea la dificultad para tomar decisiones. En realidad, tomamos decisiones continuamente: si nos levantamos o no, como nos vestimos, lo que comemos, los sitios en los que nos paramos de camino a algún lugar…

Lo que sucede es que no somos conscientes de que lo hacemos hasta que sentimos esa sensación de vacío, de no saber a dónde ir y de no saber lo que queremos. Entonces, sobreviene esa percepción de incapacidad para la toma de decisiones, esa sensación que describimos como de bloqueo o de parálisis. Aun así, seguimos decidiendo si comentárselo a alguien o no, si dejarnos llevar o intentar poner remedio a la situación.

Cuando tomamos decisiones nos vemos obligados a elegir, al menos, entre dos alternativas. A veces, más. Elegir supone renunciar a una de esas alternativas en favor de la otra, supone ser conscientes de que no podemos tenerlo todo y de que con la elección dejamos atrás, tal vez de manera irrevocable, uno de los cursos de acción.

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El calendario y los propósitos

El calendario y los propósitos

Si hay un tema clásico que corresponda  a las fechas de inicio de año son los propósitos que la mayoría de nosotros establecemos con la intención de llevarlos a cabo durante los próximos meses. Como cada año, los medios de comunicación se hacen eco de las intenciones de adelgazar, de aprender idiomas o de acudir al gimnasio.

Otro clásico es cuestionarse, año tras año, por qué esos propósitos que parecen tan firmes y tan decididos, en un gran porcentaje, se incumplen con el mismo entusiasmo con el que se formularon. Al margen de las distintas explicaciones que existen para dar respuesta a tal incumplimiento, tales como expectativas poco realistas, deficiente formulación de los objetivos o los determinantes de la voluntad, podemos tratar de verlo desde otra perspectiva.  ¿Por qué los principios de año nos inducen a este tipo de planteamientos?

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El dinero como elemento motivador

El dinero como elemento motivador

Pocas veces nos paramos a pensar que las cosas no siempre son lo que parecen. Por ejemplo, cuando hablamos de dinero, de cuánto cuestan las cosas o de cuánto  nos pagan por nuestro trabajo. Escuchamos como los medios de comunicación nos hablan de las elevadas cifras que se manejan para fichar a ciertos deportistas o para contratar a los actores de moda en Hollywood. A menudo, estas cifras suelen parecernos disparatadas y nos extraña que los que representan a estas estrellas tan bien pagadas tarden en llegar a acuerdos y aceptar lo que se les ofrece, o que se estaquen las negociaciones por relativamente pequeñas cantidades sobre el escandaloso monto total. ¿Para qué quieren más? oímos decir a veces.

Olvidamos que el valor del dinero no es sólo el que tienen las monedas o los billetes ni el que nos permite conseguir aquello que es posible pagar. El dinero también tiene otro valor, el que se deriva de nuestra percepción de ser reconocidos y por lo tanto bien pagados, el que tiene mucho que ver con la comparación social, que hace que me sienta mejor o peor pagado en relación a lo que pagan al otro por hacer un trabajo similar al mío, o el que me conecta con mi propio autoconcepto: si me pagan bien es porque valgo.

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El significado del trabajo

El significado del trabajo

Aunque no nos paremos a pensar en el significado que el trabajo tiene en nuestras vidas, el hecho es que si lo hacemos, nos daremos cuenta de que nuestro día está condicionado por nuestra actividad laboral. Nuestra hora de levantarnos depende de la de entrada al trabajo, comemos cuando nuestro horario laboral lo permite y nuestras actividades de ocio, los viajes o las vacaciones se planifican según las necesidades de la empresa. El tiempo libre que nos deja el trabajo es el que nos permite realizar otros proyectos.

Es tan importante que una de las primeras cosas que hacemos cuando conocemos a alguien es preguntar a qué se dedica, interés que suele ser compartido por nuestro interlocutor.  Nuestra actividad laboral nos proporciona ingresos que nos permiten atender a nuestras necesidades pero no solo eso, nos da una posición en el conjunto de la sociedad a la que pertenecemos. En otros aspectos nos sirve para sentir que somos útiles en esa sociedad, que aportamos valor y que nos realizamos como personas.

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La obligación de ser felices

La obligación de ser felices

La presión de los mensajes que nos obligan a ser felices, pase lo que pase, está llegando a niveles absurdos. Parece que la felicidad, que es algo que no siempre se define bien, es una especie de objeto que nosotros podemos adquirir de manera voluntaria y que si no lo hacemos nos convertimos en los más tontos del lugar.

Proliferan las ofertas de eventos en los que es foto obligada la del grupo con los brazos en alto, la sonrisa de oreja a oreja y todos haciendo la V de la victoria con los dedos. Hay que aprender a ser felices. Da igual si de lo que se está tratando es de motivar al personal, de aprender a atender al cliente o de vender camiones. Hay que enseñar la dentadura, cuanto más mejor.

Ese postureo grupal en el que los que nos dedicamos a la formación nos hemos visto obligados a entrar, porque es lo que vende y hay que pagar el alquiler, suele producir en los asistentes, no en todos, una especie de euforia que engancha. Así vemos a muchas personas que parecen obsesionadas con asistir a cuanto evento haya en el que se salte, se baile y se grite en coro. A querer siempre más.

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