Foto: Enrique Sánchez Sostre

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“Lo que pudo haber sido y no fue”, “lo que habría hecho”, “lo que pude hacer”… Nos torturamos con las soluciones que podíamos haber tomado, nos castigamos inútilmente, nos alejamos del momento actual, nos obsesionamos y caemos en la melancolía de no poder volver atrás.

La culpa despilfarra energía emocional, no solo es una preocupación por el pasado, es la inmovilización del momento presente, es malsana porque gastamos nuestras fuerzas por un acontecimiento histórico. Aprender de nuestros fallos es sano y necesario para nuestro crecimiento personal, pero el remordimiento por lo que sucedió ayer nos lleva a un presente inhabitable por la destructividad.

Otras veces, nos anclamos en un pasado que ya no existe, pero que se extiende como una sombra, nos hace esclavos. Cuando nos decimos que no podemos superar lo vivido, nos dejamos morir en vida.

El otro extremo opuesto al pasado en la línea del tiempo lo podemos encontrar en la preocupación por el futuro. Nuestra sociedad y nuestra cultura no solo alientan la culpa sino que también fomentan la preocupación causante de tantos problemas de ansiedad cuando es excesiva.

Lo peor de todo ello es el sufrimiento emocional que infligen, impidiéndonos disfrutar de muchos momentos agradables de la vida abrumados no por los acontecimientos sino por el problema interior que causa la desdicha.

Esta manera de vivir cambia la forma de experimentar el tiempo dimensión y nos sitúa fuera de tiempo, en el que sería bueno que colocásemos el presente, evitando sumirnos en un pasado que ya no existe o en un futuro vivido de manera amenazante.

No se trata de no tener recuerdos y de no hacer planes, sino de tratar de poner límites a sus condiciones más incómodas para que nuestra mente no vagabundee en el tiempo de forma destructiva. Tenemos recursos dormidos que podemos aprender a manejar si somos conscientes y nos proponemos mejorar nuestra relación con el tiempo.

Es verdad que ocurren sucesos agradables y desagradables en el mundo, pero tendemos a enfatizar las experiencias negativas dejando agazapadas las positivas. Nuestra mente trabaja incansablemente produciendo pensamientos sin parar de los que a menudo no somos conscientes y que nos bombardean como si dominasen nuestras producciones mentales. Sin embargo, los pensamientos son pensamientos, y si tomamos conciencia de ellos,  los observamos y los aceptamos como un producto de nuestra mente y no como un hecho, seremos más libres para vivir el momento presente.

La clave es enfocarse en el aquí y ahora, en lo obvio y la toma de consciencia (darse cuenta) de lo que hacemos, conectándonos con el presente y con todo lo que le rodea, intentando disfrutar de cada minuto de la vida sin alejarnos del momento.

Démonos alguna recompensa, tomémonos un tiempo, no renunciemos a las relaciones personales o la búsqueda del momento feliz y celebremos las pequeñas metas intentando disfrutar de cada emoción. Que no se nos olvide que no somos eternos.

La vida es aquello que nos va sucediendo mientras nos empeñamos en hacer otros planes. John Lennon

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