El miedo a la soledad

El miedo a la soledad

Uno de los lamentos habituales cuando se produce una ruptura sentimental es el miedo a quedarse solo o sola. Generalmente, es la persona que ha sido abandonada o a la que se le ha impuesto la ruptura la que hace explicito ese temor. El hecho de que nada más vaya a cambiar porque su familia, sus amigos (los suyos, los de toda la vida), sus hijos o sus compañeros de trabajo sigan estando dónde están, no minimiza el miedo a la soledad.

De la misma forma, cuando hay  que expresar una queja, presentar un proyecto o defender una idea, el “quedarse solo” ante aquellos que deben responder, evaluar o dar soluciones convierte el previo a la acción en un mar de dudas y de indecisión. La exposición pública en soledad, para un porcentaje elevado de personas, es un obstáculo que muchas veces acaba por desalentar la acción y llevarla al abandono.

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Lo que quiero, lo que puedo y lo que debo

Lo que quiero, lo que puedo y lo que debo

Nos parece mentira que las personas podamos enfermar por las dificultades para afrontar los problemas de la vida cotidiana. Para muchos es inexplicable que una mala situación laboral o personal desencadene una serie de síntomas físicos y psíquicos que no parecen poder atribuirse más que a una situación difícil de asumir y más difícil de cambiar.

 Si, además, nos encontramos con el consabido grupo de expertos formado por amigos y familiares cuya misión en la vida parece centrarse en quitar importancia a lo que sucede o atribuir a la persona que sufre la cualidad de egoísta o inmadura, tenemos la mejor combinación para convertir la vida de una persona en una trampa de mala salida.

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El valor del reconocimiento

El valor del reconocimiento

El reconocimiento es un elemento importante de la motivación, de la automotivación, diría yo, porque cuando alguien nos dice que hemos hecho algo bien o cuando nos agradece una acción, nos sentimos mejor y eso nos impulsa a seguir actuando. El valor que tiene el reconocimiento no siempre está presente ni se aprecia lo suficiente. Cuántas veces hemos echado de menos que alguien reconozca nuestro esfuerzo con una palabra amable o con un gesto de comprensión.

Vemos muchas veces, tanto en la consulta como en el ámbito laboral, como hay personas que llevan años esperando una palabra de reconocimiento. Los padres son la primera fuente de aceptación y aprobación y cuando nos vamos haciendo mayores y vamos socializando, esperamos la aprobación de nuestros profesores, de nuestros amigos y, por fin, el de nuestros jefes y compañeros.

¿Qué sucede cuando en vez de un qué bien lo has hecho o cuánto aprecio tu esfuerzo nos encontramos con un eso es lo que tienes que hacer o un es tu obligación. Sucede que nos sentimos estafados, como si el esfuerzo a pesar de los resultados hubiera sido inútil, como si fuéramos invisibles a los ojos de las personas que nos importan.

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El esfuerzo

El esfuerzo

El esfuerzo ¿es garantía de éxito?

A los que ya somos del siglo pasado, por fecha de nacimiento, no necesariamente por mentalidad, nuestros padres nos educaron en el valor del esfuerzo. Si te esfuerzas lo conseguirás; para tener éxito en la vida hay que esforzarse. Seguro que lo hemos escuchado muchas veces. Es cierto que la medida del éxito no es la misma para unos que para otros y que algunos, a pesar de los logros alcanzados, es probable que no consideren que hayan conseguido lo pretendido.

Aun así, se entendía que nada se regalaba y que había que luchar para conseguirlo. No parece tan claro que hoy día estemos en la misma línea. Por un lado tenemos todas esas corrientes del positivismo mal entendido que predican que con ser feliz ya no necesitamos nada más y que hay que serlo a costa de lo que sea, las que apelan al universo para conseguir lo que se quiere porque dicen que con desearlo convencidos, lo que sea, vendrá solo, y la cruda realidad, la situación social y económica por la que atravesamos que hace que pongamos en duda cada día esa relación entre esfuerzo y resultado.

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Pensar, sentir y actuar.

Pensar, sentir y actuar.

Pensar, sentir y actuar. Simplificando, podríamos decir que es en estos tres procesos en los que empleamos nuestra vida. No hace falta mucha explicación para que cualquier persona pueda estar de acuerdo en ello. El problema es que, a menudo, confundimos una cosa con otra y cuando tratamos de hacer algún ajuste sobre uno de esos procesos esa confusión nos lleva a hacerlo sobre otro.

Por ejemplo, cuando le preguntamos a una persona cuál es su opinión (pensar) sobre algo o alguien es fácil que responda que le gusta o le disgusta (sentir) o que cada vez que lo tiene delante abrevia o alarga el contacto con el objeto o con la persona en cuestión (actuar). Es cuando le adviertes que tu pregunta se refiere a lo que piensa, no a lo que siente o a lo que hace, cuando la persona hace el intento de expresar cuál es esa opinión que le pedimos, al margen (dentro de lo posible) de emociones o comportamientos.

Esta distinción es muy importante a la hora de llevar a cabo cualquier intervención con personas, ya sea en el ámbito laboral, en el terapéutico o en cualquier otro. También es importante en el conocimiento de nosotros mismos, porque cuando queremos hacer cambios en nuestras vidas es importante que sepamos dónde se requieren esos cambios.

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Miedo social

Miedo social

Se siente vergüenza, inseguridad al hablar con gente desconocida, cuando se está rodeado de gente la mayor parte del tiempo, pavor a hablar en público.

La ansiedad social consiste en un miedo interno a exponerse a situaciones sociales, a actuar delante de otras personas, sobre todo desconocidas, a la evaluación o escrutinio de los demás, a mostrarse ansioso, a verse actuando de forma humillante o vergonzosa, lo que  lleva a evitar situaciones sociales o públicas  e interfiere en la vida, provocando un malestar significativo.

Las situaciones sociales pueden producir ansiedad interna e incluso ataques de pánico. Entre las situaciones temidas se encuentran hablar o intervenir en grupos formales e informales, incorporarse a conversaciones, terminar conversaciones o actividades ya comenzadas, conocer gente nueva, llamar por teléfono o asistir a fiestas.

Expresar desacuerdo, hacer una reclamación o dirigirse a personas de autoridad crean una gran ansiedad. La sensación de sentirse observado crea pavor. Leer más

Cómo nos afecta tener una baja autoestima

Cómo nos afecta tener una baja autoestima

Una clásica definición es la que dice que la autoestima es el valor, la consideración y el afecto que cada persona siente respecto a si misma. ¿Qué influencia tiene esto en nuestro día a día? Podemos ver, fácilmente, que tiene una gran influencia.

Cuando la autoestima está en el nivel adecuado, nos percibimos de una manera realista, nos aceptamos, sin que ello impida que queramos mejorar, y nos sentimos personas valiosas dignas de ser queridas y apreciadas por otros. Esto hace que tendamos a valorar nuestro tiempo, nuestro espacio y nuestra capacidad para pensar y para tomar decisiones.

Las personas con una baja autoestima tienden a pensar que no son merecedoras de consideración, por lo que se sienten incómodas con los reconocimientos y halagos, le quitan importancia a lo que hacen, por meritorio que sea, e incluso, pueden sentir rechazo hacia las muestras de afecto.

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