La obligación de ser felices

La obligación de ser felices

La presión de los mensajes que nos obligan a ser felices, pase lo que pase, está llegando a niveles absurdos. Parece que la felicidad, que es algo que no siempre se define bien, es una especie de objeto que nosotros podemos adquirir de manera voluntaria y que si no lo hacemos nos convertimos en los más tontos del lugar.

Proliferan las ofertas de eventos en los que es foto obligada la del grupo con los brazos en alto, la sonrisa de oreja a oreja y todos haciendo la V de la victoria con los dedos. Hay que aprender a ser felices. Da igual si de lo que se está tratando es de motivar al personal, de aprender a atender al cliente o de vender camiones. Hay que enseñar la dentadura, cuanto más mejor.

Ese postureo grupal en el que los que nos dedicamos a la formación nos hemos visto obligados a entrar, porque es lo que vende y hay que pagar el alquiler, suele producir en los asistentes, no en todos, una especie de euforia que engancha. Así vemos a muchas personas que parecen obsesionadas con asistir a cuanto evento haya en el que se salte, se baile y se grite en coro. A querer siempre más.

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La sensación de saturación

La sensación de saturación

Es habitual que, sobre todo en algunas épocas de la vida, tengamos la sensación de saturación mental. Ese sentirse saturado, supone tener la percepción de no poder más, de que si algún elemento de los que forman parte de la vida cotidiana se mueve de su sitio vamos a caernos psicológica y mentalmente hablando.

La sensación de saturación suele producirse cuando las demandas del medio en el que nos movemos son tales que la capacidad que tenemos para hacerles frente se nos antoja insuficiente, por muchos esfuerzos que hagamos. Esa discordancia percibida entre las demandas y los propios recursos es la que nos estresa.

Al margen de que nuestra autopercepción nos haga considerarnos más o menos capaces de afrontar el día a día, suele suceder que empezamos a tener esa sensación cuando los problemas se acumulan y aunque vayamos resolviéndolos nos imaginamos como el jugador al que si le llega una pelota puede despejarla sin dificultad, si le llegan dos a la vez ya lo tiene más complicado, pero cuando le llegan cuatro o cinco empieza a tener dificultades para darle a todas.

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El diálogo interior

El diálogo interior

Definitivamente, la mayoría de nosotros, no somos conscientes de que hablamos, de manera permanente, con nosotros mismos. Hablamos y nos lanzamos mensajes, que nos repetimos de forma machacona, sin darnos cuenta de que esos mensajes producen un efecto en nosotros, tanto en nuestra forma de percibir el mundo como en la de actuar al respecto.

Con frecuencia, muchos de esos mensajes son muy limitadores. Nos decimos varias veces al día lo negados que somos para realizar determinadas acciones, lo poco o nada que sabemos de diferentes cosas o lo incapaces que creemos ser para esto y lo otro. El caso es que a fuerza de repetirlo terminamos creyéndolo y actuando en base a ese convencimiento.

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El factor emocional en el trabajo

El factor emocional en el trabajo

Hasta hace relativamente poco tiempo, digamos hasta muy avanzado el siglo XX, la vinculación de la mayoría de las personas con su trabajo no pasaba de esperar conseguirlo sin demasiado esfuerzo, mantenerlo cumpliendo con lo estipulado en su contrato y jubilarse con una pensión decente.

Ahora, en el siglo XXI, las cosas han cambiado. Las personas que hoy se incorporan al mercado laboral demandan de las empresas mucho más que el salario. Hoy, a pesar de que en los últimos años la situación económica, la reforma laboral y el pescar en río revuelto de muchas empresas, hayan conseguido un retroceso en las condiciones laborales y un aumento de la precariedad que ya dábamos por superado, los trabajadores esperan más que un sueldo.

También las empresas esperan más que el hecho de que el trabajador se limite a cumplir estrictamente con su trabajo, a entrar y salir puntualmente y a cumplir las normas. Esperan del trabajador cosas tales como implicación, compromiso o lealtad, conceptos que se refieren a lo intangible y que tienen que ver más con aspectos emocionales que con la mera ejecución de tareas.

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El miedo a la soledad

El miedo a la soledad

Uno de los lamentos habituales cuando se produce una ruptura sentimental es el miedo a quedarse solo o sola. Generalmente, es la persona que ha sido abandonada o a la que se le ha impuesto la ruptura la que hace explicito ese temor. El hecho de que nada más vaya a cambiar porque su familia, sus amigos (los suyos, los de toda la vida), sus hijos o sus compañeros de trabajo sigan estando dónde están, no minimiza el miedo a la soledad.

De la misma forma, cuando hay  que expresar una queja, presentar un proyecto o defender una idea, el “quedarse solo” ante aquellos que deben responder, evaluar o dar soluciones convierte el previo a la acción en un mar de dudas y de indecisión. La exposición pública en soledad, para un porcentaje elevado de personas, es un obstáculo que muchas veces acaba por desalentar la acción y llevarla al abandono.

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Lo que quiero, lo que puedo y lo que debo

Lo que quiero, lo que puedo y lo que debo

Nos parece mentira que las personas podamos enfermar por las dificultades para afrontar los problemas de la vida cotidiana. Para muchos es inexplicable que una mala situación laboral o personal desencadene una serie de síntomas físicos y psíquicos que no parecen poder atribuirse más que a una situación difícil de asumir y más difícil de cambiar.

 Si, además, nos encontramos con el consabido grupo de expertos formado por amigos y familiares cuya misión en la vida parece centrarse en quitar importancia a lo que sucede o atribuir a la persona que sufre la cualidad de egoísta o inmadura, tenemos la mejor combinación para convertir la vida de una persona en una trampa de mala salida.

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El valor del reconocimiento

El valor del reconocimiento

El reconocimiento es un elemento importante de la motivación, de la automotivación, diría yo, porque cuando alguien nos dice que hemos hecho algo bien o cuando nos agradece una acción, nos sentimos mejor y eso nos impulsa a seguir actuando. El valor que tiene el reconocimiento no siempre está presente ni se aprecia lo suficiente. Cuántas veces hemos echado de menos que alguien reconozca nuestro esfuerzo con una palabra amable o con un gesto de comprensión.

Vemos muchas veces, tanto en la consulta como en el ámbito laboral, como hay personas que llevan años esperando una palabra de reconocimiento. Los padres son la primera fuente de aceptación y aprobación y cuando nos vamos haciendo mayores y vamos socializando, esperamos la aprobación de nuestros profesores, de nuestros amigos y, por fin, el de nuestros jefes y compañeros.

¿Qué sucede cuando en vez de un qué bien lo has hecho o cuánto aprecio tu esfuerzo nos encontramos con un eso es lo que tienes que hacer o un es tu obligación. Sucede que nos sentimos estafados, como si el esfuerzo a pesar de los resultados hubiera sido inútil, como si fuéramos invisibles a los ojos de las personas que nos importan.

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