Foto: Carmen Ariza

Blogs El Correo Gallego. La Caja sináptica

Cuántas veces habremos escuchado cosas del tipo ˂antes, la gente no se estresaba˃. Parece que, si eso es cierto, antes, que no se sabe muy bien cuándo es eso, la gente, que tampoco sabemos qué gente es, ni dónde vivía ni en que trabajaba, como poco, llevaba una vida más tranquila. Parece, entonces, que vivir en la Edad Media o en los tiempos en los que tener esclavos se consideraba normal, o en los que estabas esperando a que Atila y sus huestes llegaran a saquear tu pueblo, era vivir mejor que ahora y sin estrés.

Lo cierto es que el estrés forma parte  de nuestras vidas desde tiempos inmemoriales. Si consideramos que el estrés es una respuesta del organismo ante situaciones que percibimos como amenazantes, el ser humano, como el resto de los animales, se ha visto expuesto desde siempre a amenazas de muy distinto tipo. El hombre de las cavernas ya tenía que vérselas con los animales con los que coexistía y a los que seguro que, en muchas ocasiones, disputaba espacio y comida, con las inclemencias ambientales y con sus mismos congéneres. Ante eso, que sin duda vivía como amenazas, no le quedaban más opciones que luchar o huir.

¿Qué diferencia hay entre nuestros antepasados y nosotros? Fundamentalmente, el tipo de amenazas con las que nos encontramos. Ahora, la mayoría de las situaciones que percibimos como amenazantes lo que amenazan no es nuestra integridad física, aunque a veces también, sino nuestra integridad moral, nuestro modo de vida, nuestra tranquilidad o nuestras expectativas.

Las amenazas del mundo moderno, en nuestro entorno cultural, provienen de lo que el medio demanda de nosotros y a lo que nos sentimos incapaces de hacer frente. El mundo del trabajo es un ejemplo claro de inconsistencia entre las demandas y los recursos de los que disponemos, o de los que creemos disponer, para hacerle frente. Cuando nos piden que realicemos una tarea y debemos adivinar cómo ha de ser el resultado puesto que nadie nos lo dice, o cuando se nos presiona para conseguir objetivos inalcanzables, cuando sentimos que se dispone de nuestro tiempo y, en definitiva, de nuestra vida, sin consideración sólo porque  hay que optimizar el gasto a costa de lo que sea, nos encontramos viviendo con una amenaza continua porque se ponen en juego nuestra estabilidad mental, nuestras relaciones familiares y nuestro propio autoconcepto, que se tambalea cuando empezamos a dudar de nosotros mismos. Entonces decimos que estamos estresados.

¿Qué podemos hacer entonces? Pues como nuestro antepasado, el de la cueva, luchar o huir. Si decidimos afrontar la situación, necesitamos encontrar herramientas que nos permitan optimizar los recursos que poseemos y elaborar estrategias con las que consigamos hacerle frente con un coste mínimo para nosotros. Es cierto que muchas veces no somos capaces de encontrarlas sin ayuda y necesitamos un profesional que nos ayude a buscarlas pero también acudimos a uno cuando se nos estropea la caldera de la calefacción o cuando nos duele el estómago.  Si decidimos no afrontar la situación nos encontraremos en un escenario con muy mala salida en la que el día a día nos va minando moral e intelectualmente y veremos aparecer síntomas de muy diferentes tipos que antes no teníamos, y para los que, si vamos al médico, veremos que no es posible encontrar una causa física que los justifique.

El estrés, el mal estrés, el distrés, ese que nos bloquea y nos hace enfermar forma parte de nuestras vidas. Vivamos en la época en que vivamos, las amenazas existen. Depende de nosotros el buscar maneras de hacerle frente o dejar que se adueñe de nosotros y vaya afectando cada vez a más áreas de nuestra vida. Nuestra percepción realista de la situación, la confianza en nosotros mismos y una buena red afectiva de apoyo ayudan a combatirlo.

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